Señor de Chalma

Ilustración en estilo óleo de un Cristo crucificado de madera, con la cabeza caída sobre el pecho y corona de espinas, en un nicho oscuro con jarrones de flores a sus pies

El Señor de Chalma es Jesucristo crucificado, venerado en una imagen que, según la tradición, apareció en una cueva de la barranca de Chalma hacia 1539, donde antes se daba culto a un ídolo. Su santuario agustino está en Chalma, municipio de Malinalco, Estado de México, y sus fiestas más concurridas son Reyes, el primer viernes de Cuaresma, Semana Santa y Pentecostés.

¿Qué es el Señor de Chalma?

El Señor de Chalma es Jesucristo crucificado, venerado en una imagen de madera que, según la tradición, apareció en una cueva de la barranca de Chalma, en el Estado de México, en el lugar donde antes se daba culto a un ídolo. No es un santo ni un "Cristo distinto". Es el mismo Señor que murió por nosotros en la cruz, contemplado en una imagen concreta que el pueblo mexicano lleva casi cinco siglos visitando.

Su santuario, en el fondo de una barranca del municipio de Malinalco, a unas dos horas de la Ciudad de México, es uno de los más visitados del país después de la Basílica de Guadalupe. Los peregrinos llegan a pie desde el Valle de México y de los estados vecinos, muchos con coronas de flores en la cabeza, y al llegar bailan ante el Señor para darle gracias.

Fachada de piedra gris y blanca del santuario de Chalma, con dos torres de campanario y una cúpula roja a un lado, frente a cerros verdes y peñascos
El santuario de Chalma, con sus dos torres, entre los cerros y peñascos de la barranca. ⓘFoto: Thelmadatter, CC BY-SA 3.0

Historia del Señor de Chalma

Antes de los misioneros

La barranca de Chalma pertenecía a la región de Ocuila y Malinalco, conquistada por los mexicas en tiempos de Axayácatl. En una de sus cuevas había un adoratorio al que, según los cronistas, llegaban peregrinos de toda la comarca y aun de lejos. El jesuita Francisco de Florencia, que escribió la primera historia del santuario en el siglo XVII, dijo que el nombre de aquel ídolo no se recordaba, y que algunos pensaban que se llamaba Ostoc-Teotl, "dios de las cuevas". El historiador Gonzalo Obregón advirtió que ese nombre es solo una conjetura.

La aparición en la cueva

La historia de la aparición se contó casi sin cambios desde Florencia hasta el agustino fray Joaquín Sardo, que publicó en 1810 su Relación histórica y moral de la portentosa imagen de N. Sr. Jesucristo crucificado aparecida en una de las cuevas de S. Miguel de Chalma. Según ese relato, dos misioneros agustinos, fray Nicolás de Perea y fray Sebastián de Tolentino, predicaron en Ocuila y supieron que los indígenas seguían ofreciendo sacrificios en la cueva. Fueron a predicar allí, y uno de ellos prometió a los principales que, quitado el ídolo, les pondría en su lugar una imagen de Jesucristo.

Cuando volvieron a la cueva para derribarlo, cuenta Sardo, "hallaron a la sagrada imagen de nuestro soberano Redentor Jesucristo crucificado, colocado en el mismo altar en que estaba antes el ídolo detestable y a éste derrumbado en el suelo, reducido a fragmentos", con el altar y el suelo de la cueva "alfombrado de varias y exquisitas flores". Sardo lo comparó con el ídolo de Dagón, que los filisteos encontraron hecho pedazos delante del Arca de la Alianza (1 Samuel 5).

Las fuentes no coinciden en el año. Sardo habla de 1537; las dos pinturas que se colocaron en el presbiterio del santuario en 1809 dicen que fue en 1539, el día de Pascua del Espíritu Santo. Por eso Pentecostés es, desde hace siglos, una de las grandes fiestas de Chalma.

Ilustración en estilo óleo de dos frailes agustinos y un grupo de indígenas que, al entrar en una cueva, encuentran un crucifijo sobre un altar de piedra y el suelo cubierto de flores
Los frailes agustinos encuentran el crucifijo en la cueva, con el ídolo roto a sus pies y el suelo cubierto de flores.

Lo que dicen los historiadores

Conviene decirlo con sencillez y con respeto. La aparición es una tradición, no un hecho que la Iglesia haya examinado. Ya en tiempos de Sardo había quienes pensaban que los propios frailes habían colocado la imagen en la cueva, y él dedicó un capítulo de su libro a responderles.

En 1953, Gonzalo Obregón revisó el relato con cuidado. Según la crónica agustina de fray Juan de Grijalva, fray Nicolás de Perea llegó a la Nueva España en 1539, después de la fecha que da Sardo, y más tarde quedó casi paralítico en el convento de México. Grijalva fue prior de Malinalco y no menciona a Chalma. Obregón concluyó que lo más probable es que los agustinos pusieran el crucifijo en la cueva a finales del siglo XVI, en lugar de un ídolo escondido allí, y que la tradición tomara forma en las décadas siguientes. No hace falta tener miedo a estas preguntas. Lo que nos lleva a Chalma no es la fecha exacta, sino Cristo en la cruz.

El ermitaño y el santuario

En 1626 se instaló en la cueva un hermano lego agustino, fray Bartolomé de Jesús María, que vivió allí como ermitaño. Con él estuvo fray Juan de San José. Los dos tenían junto a la gruta unas celdas pequeñas con techo de tejamanil, y desde entonces la cueva tuvo quien la cuidara y rezara en ella.

Ilustración en estilo grabado de un ermitaño agustino que reza de rodillas ante un crucifijo dentro de una cueva, junto a una pequeña celda de techo de tejamanil
Un ermitaño agustino reza ante el crucifijo en la cueva de Chalma.

En 1683 la imagen fue llevada de la cueva a una iglesia nueva en el fondo de la barranca, y doce agustinos, ocho sacerdotes y cuatro legos, fundaron allí el convento. La Corona le dio después el título de Real Convento y Santuario. La imagen que se venera hoy no es la original: un incendio la destruyó, y la que vemos es una copia fiel. Los datos sobre la fecha del incendio no coinciden; los religiosos del convento dijeron en 1912 que había ocurrido unos noventa años antes.

Retablo principal blanco y dorado del santuario de Chalma, con columnas, un baldaquino central donde se venera el crucifijo y arreglos de flores al pie
El retablo principal del santuario, donde se venera la imagen del Señor de Chalma. ⓘ

El Señor de Chalma en el arte

Fray Joaquín Sardo describió la imagen con mucho detalle: un Crucificado del tamaño de un hombre, de cuerpo "descolgado y vencido", con la cabeza "ceñida hasta sobre los ojos de una cruel corona", la cabeza "tristemente caída sobre el pecho hacia el lado diestro", los ojos cerrados y la boca entreabierta, con "todo el aspecto lamentable de un cadáver reciente". Es la imagen del Señor ya muerto, que lo dio todo.

En la época virreinal se pintaron muchos "verdaderos retratos" del Señor de Chalma para iglesias lejanas, para que los fieles que no podían viajar tuvieran al menos su copia. El lienzo de José de Mora, del siglo XVIII, que hoy está en el Museo Nacional de Arte, es uno de ellos: muestra el Cristo en un nicho oscuro, vestido con un paño, y a sus pies los jarrones con flores de tela o papel que le ofrecían los devotos.

Pintura al óleo de un Cristo crucificado de piel clara y paño blanco, con la cabeza caída, dentro de un nicho oscuro, con jarrones de flores a los pies y una inscripción al pie del lienzo
El Señor de Chalma de José de Mora, un "verdadero retrato" de la imagen pintado en el siglo XVIII. ⓘEl Señor de Chalma

Así se reconoce en estampas y capillas:

  • Un Cristo crucificado ya muerto, con la cabeza caída hacia su derecha.
  • La corona de espinas muy apretada, que baja casi hasta los ojos.
  • El nicho o la cueva detrás de la cruz, recuerdo de la gruta donde se le encontró.
  • Las flores a sus pies, por las que, según la tradición, cubrían el suelo de la cueva.

La peregrinación a Chalma

Las ferias del año

Chalma recibe peregrinos todo el año, pero hay fechas grandes. El estudio de María J. Rodríguez-Shadow y Robert D. Shadow (2002) cuenta la feria de Reyes, la del primer viernes de Cuaresma, la de Semana Santa, la de Pentecostés, la fiesta del 1 de julio y la de Navidad. A principios del siglo XX, la de Pentecostés era la principal: un visitante de 1912 calculó unas cuarenta mil personas.

Muchas peregrinaciones vienen organizadas por mayordomías de los pueblos, con su estandarte, su música y su grupo de danza. Otras son de familias, de vecinos o de compañeros de trabajo que caminan juntos.

Un peregrino de espaldas baja por una calle de Chalma cargando a la espalda un nicho de madera adornado con flores de papel, con una imagen del Niño Jesús dentro
Un peregrino baja hacia el santuario cargando un nicho con el Niño Jesús adornado con flores. ⓘ

El ahuehuete y las coronas de flores

En el camino, en el municipio de Ocuilan, está el ahuehuete, un árbol enorme y antiquísimo de cuyas raíces brota un manantial. Muchos peregrinos se detienen ahí a lavarse y a descansar, y se ponen una corona de flores antes de bajar al santuario. Los que van por primera vez la llevan con especial alegría.

Es una costumbre bonita, y conviene vivirla bien. El agua del manantial no tiene poder propio, ni la corona es un amuleto. Lo que vale es llegar ante el Señor con el corazón limpio, y para eso Él nos dejó el sacramento de la confesión, que en el santuario se ofrece a los peregrinos.

Ilustración en estilo acuarela de peregrinos con coronas de flores que se refrescan en el agua de un manantial entre las raíces de un ahuehuete enorme
Peregrinos con coronas de flores se refrescan en el manantial del ahuehuete.

Bailar ante el Señor

Al llegar al atrio, muchos peregrinos bailan como parte de su manda. Hay danzas de concheros, de moros y cristianos, de apaches y de vaqueros, y grupos que vienen cada año desde hace generaciones. En 1912, un capitán de danza le dijo a un estudiante que quería fotografiarlos: "Venimos a servir a Dios, no a divertir gente". Es la misma alegría de David, que bailó delante del Arca.

Ilustración en estilo de dibujo a tinta de un grupo de danzantes con penachos de plumas que bailan en el atrio de un santuario de dos torres, al fondo de una barranca
Un grupo de danzantes con penachos baila en el atrio del santuario de Chalma.

En los cerros que rodean el santuario hay muchas cruces que las familias levantaron para cumplir una promesa. Cada año las bajan, las pintan, las visten y las vuelven a subir, y los fieles las visitan rezando.

Los milagros del Señor de Chalma

  • La aparición en la cueva (tradicional): el ídolo roto y el crucifijo en su lugar, con la cueva cubierta de flores.
  • Los favores de cada día (reportados): los exvotos pintados y de plata que los fieles han dejado durante siglos dan gracias por curaciones, accidentes evitados y regresos a casa. Fray Joaquín Sardo recogió muchos en su libro.

Ninguno ha sido examinado por la Iglesia como milagro aprobado. El Catecismo recuerda que el honor que damos a las imágenes no se queda en ellas: "el que venera una imagen, venera al que en ella está representado" (CEC 2132). En Chalma no adoramos un trozo de madera. Adoramos a Cristo, que murió por nosotros.

Oración al Señor de Chalma

No conocemos una oración antigua al Señor de Chalma cuyo texto podamos verificar. Los peregrinos cantan alabados que se transmiten de memoria, como el que dice: "Glorioso Señor de Chalma, padre de mi corazón, adoro con toda el alma tu dichosa aparición".

Ante un Cristo crucificado, la oración más propia es el acto de contrición que generaciones de mexicanos aprendieron en el catecismo. Este es el texto tradicional, como lo trae un Devocionario cotidiano impreso en 1893:

Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Criador y Redentor mío; por ser Vos quien sois, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos; confesarme, y cumplir la penitencia que me fuere impuesta;

ofrézcoos mi vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados, y confío en vuestra bondad y misericordia infinita me los perdonaréis por los merecimientos de vuestra preciosísima sangre, pasión y muerte, y me daréis gracia para enmendarme, y para perseverar en vuestro santo servicio hasta el fin de mi vida. Amén.

Y una oración breve, escrita para esta página por el Pastor Lyvers:

Señor de Chalma, Jesús crucificado,

que esperaste en la cueva a los que te buscaban:

aquí vengo cansado del camino, con mis cargas y las de mi familia.

Recibe mis pasos, mis lágrimas y mi baile como ofrenda.

Perdona mis pecados, sana lo que está herido

y no me dejes volver a casa sin haberte encontrado. Amén.

Si quiere seguir rezando ante la cruz, vea el Vía crucis y la devoción a la Preciosa Sangre de Cristo. Otras imágenes de Cristo muy queridas en América son el Señor de los Milagros de Lima y el Santo Niño de Atocha.

Preguntas frecuentes

¿Cuál es la historia del Señor de Chalma?

La tradición, escrita en el siglo XVII por el jesuita Francisco de Florencia y en 1810 por el agustino Joaquín Sardo, cuenta que hacia 1539 dos frailes agustinos fueron a una cueva de la barranca de Chalma, donde los indígenas daban culto a un ídolo. Cuando volvieron para destruirlo, encontraron el ídolo hecho pedazos en el suelo y, en su lugar, un crucifijo, con la cueva sembrada de flores.

¿Dónde está el Señor de Chalma?

En el santuario de Chalma, en el municipio de Malinalco, Estado de México, en el fondo de una barranca a unas dos horas de la Ciudad de México. La imagen estuvo en la cueva hasta 1683, cuando se la llevó a la iglesia que construyeron los agustinos, que todavía cuidan el santuario.

¿Cuándo es la fiesta del Señor de Chalma?

Tiene varias. Las ferias más concurridas son las de Reyes (alrededor del 6 de enero), el primer viernes de Cuaresma, Semana Santa y Pentecostés, la fecha que la tradición da a la aparición. También hay peregrinaciones el 1 de julio, en la fiesta de San Agustín, en la de San Miguel y en Navidad.

¿Por qué se baila en Chalma?

Bailar ante el Señor es una forma antigua de dar gracias y de cumplir una manda. Muchos grupos de danzantes llegan cada año a bailar en el atrio. Un capitán de danza le dijo a un visitante en 1912: «Venimos a servir a Dios, no a divertir gente». La danza vale cuando se ofrece como oración.

¿Qué es el ahuehuete de Chalma?

Es un árbol muy antiguo, en el municipio de Ocuilan, en el camino al santuario. De sus raíces brota un manantial donde muchos peregrinos se refrescan y se ponen una corona de flores antes de llegar. Es una costumbre popular. El agua no tiene un poder propio; lo que importa es el corazón con que se llega al Señor.

Fuentes

  1. Gonzalo Obregón, «El Real Convento y Santuario de San Miguel de Chalma» (1953), en Ernesto de la Torre Villar, Lecturas históricas mexicanas, t. V (UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas). El relato de Sardo con sus citas, la llegada de fray Nicolás de Perea en 1539 según Grijalva, fray Bartolomé de Jesús María en la cueva (1626) y la hipótesis de que la imagen es de fines del siglo XVI.
  2. Elfego Adán, «Excursión a Chalma», Boletín del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, t. II, núm. 3 (1912), reeditado en Antropología (INAH). Las inscripciones de 1809 del presbiterio, el traslado de 1683, el incendio de la imagen original, las ferias del año y las danzas.
  3. Anna María Fernández Poncela, reseña de María J. Rodríguez-Shadow y Robert D. Shadow, El pueblo del Señor: las fiestas y peregrinaciones de Chalma (UAEM, 2002), Alteridades (UAM). El ciclo de ferias, las mayordomías, las cruces de los cerros y los grupos de danza.
  4. Carlos Bravo Marentes, «Un conflicto en la Feria de la Ascensión en el santuario de Chalma», Cuicuilco (INAH). Las cruces de promesa en los cerros que rodean el santuario.
  5. José de Mora, El Señor de Chalma (siglo XVIII), Museo Nacional de Arte, en Google Arts & Culture
  6. Claudia González, «Santuario del Señor de Chalma: fe y devoción en el Estado de México», El Universal (28 de marzo de 2024). El ahuehuete, el manantial, las coronas de flores y el baile en el atrio.
  7. Devocionario cotidiano (Buenos Aires, 1893), Internet Archive. Texto del acto de contrición «Señor mío Jesucristo».
  8. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2132 (Santa Sede)