Vía Crucis

El Vía Crucis, o camino de la cruz, son catorce estaciones en las que acompañamos a Jesús desde la sentencia de Pilato hasta el sepulcro. En cada una decimos "Adorámoste, Cristo, y bendecímoste, que por tu santa cruz redimiste al mundo", meditamos la escena y rezamos. Se reza sobre todo los viernes de Cuaresma y el Viernes Santo.
El Vía Crucis es la manera en que la Iglesia camina con Jesús hasta el Calvario. En casi todas nuestras iglesias, catorce pequeñas cruces, por lo general con una escena tallada o pintada debajo, recorren los muros. Nos detenemos ante cada una, recordamos lo que allí sucedió y rezamos. Abajo encontrará el Vía Crucis completo en el texto tradicional que rezaron generaciones de católicos de habla hispana, y después cómo rezarlo, su historia y la indulgencia.
Las oraciones del Vía Crucis: el texto tradicional
Este es el Vía Crucis de El alma con Dios, un devocionario impreso en Tournai (Bélgica) por la Sociedad de San Juan Evangelista, de Desclée, Lefebvre y Cía., editores pontificios, a comienzos del siglo XX (el catálogo de Internet Archive lo fecha en 1902). Lo titula "Práctica para andar el Vía-Crucis". Es la forma que se rezaba en las parroquias de España y de América Latina: cada estación empieza con "Contempla, alma..." y termina con una oración breve. Es de dominio público. Hemos actualizado solo la ortografía y hemos conservado el trato de vos en las oraciones de apertura, como en el original.
Al comenzar. Reunidos ante la primera estación, de rodillas, se hace la señal de la cruz y se reza el acto de contrición:
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Criador, Padre y Redentor mío, por ser vos quien sois, y porque os amo sobre todas las cosas, pésame en el alma y con todo mi corazón de haberos ofendido: propongo firmemente con vuestra gracia de nunca más pecar, y de apartarme de toda ocasión de ofenderos, de confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Ofrézcoos mi vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados, y confío en vuestra divina bondad y misericordia infinita, me los perdonaréis por los merecimientos de vuestra preciosísima sangre, pasión y muerte, y me daréis gracia para enmendarme y perseverar en vuestro santo servicio hasta el fin de mi vida. Amén.
Después, quien dirige hace un ofrecimiento a Jesús, "Redentor, salud y vida de nuestras almas", por las necesidades de la Iglesia, la conversión de los pecadores y las almas del purgatorio, y todos rezan un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria.
En cada estación se dice primero:
V. Adorámoste, Cristo, y bendecímoste. R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Quien dirige lee la meditación ("Contempla, alma...") y todos meditan un momento. Luego se reza la oración de la estación y todos responden:
Señor, pequé, tened misericordia de mí. Pecamos, Señor, y nos pesa, habed misericordia de nosotros.
Y para terminar cada estación:
Bendita y alabada sea la sagrada pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, y los dolores y angustias de su purísima Madre, María santísima, Señora nuestra, concebida sin mancha de pecado original, en el primer instante de su ser natural. Amén.
Muchos añaden en cada estación un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria, como hace el devocionario antes de la primera.
Primera estación: Jesús es condenado a muerte
Contempla, alma, en esta primera estación, que es la casa de Pilatos, donde fue rigurosamente azotado el Redentor del mundo, coronado de espinas y sentenciado a muerte.
¡Oh suavísimo Jesús!, que quisiste padecer como vil esclavo delante del sacrílego pueblo, esperando la sentencia de muerte que contra ti daba el tirano juez: suplícote, Señor mío, que por esta mansedumbre tuya mortifique yo mi soberbia, para que, sufriendo con humildad las afrentas de esta vida, te goce en la eterna. Amén.

Segunda estación: Jesús carga con la cruz
Contempla, alma, en esta segunda estación, cómo es el lugar donde a nuestro amado Jesús le pusieron en sus lastimados hombros el grave peso de la cruz.
¡Oh Rey supremo de los cielos!, que sufriste ser entregado a la voluntad de los judíos para ser cruelmente atormentado, y recibiste el grave peso de la cruz: ruégote, pues, Señor, tome gustoso la cruz de la penitencia, para que te vea siempre en el cielo. Amén.
Una palabra pastoral sobre esta oración. Como tantos textos antiguos, habla de "los judíos" en general. La Iglesia enseña que, aunque las autoridades de entonces reclamaron la muerte de Cristo, "lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy" (Concilio Vaticano II, Nostra aetate, 4). Las demás oraciones de este Vía Crucis dicen la verdad más honda: fueron nuestros pecados los que llevaron al Señor a la cruz.
Tercera estación: Jesús cae por primera vez
Contempla, alma, en esta tercera estación, cómo es el lugar donde, caminando el Señor con la cruz a cuestas, gimiendo y suspirando, cayó en tierra, y debajo de la santa cruz.
¡Oh amabilísimo Jesús!, que fatigado con la cruz te obligó a caer en tierra el grave peso de ella, para que conociésemos la gravedad de nuestros pecados figurados en ese madero: ruego a tu clemencia divina que me levante de la culpa, y que esté siempre en el cumplimiento de tus leyes. Amén.
Cuarta estación: Jesús encuentra a su Madre
Contempla, alma, en esta cuarta estación, cómo es el lugar donde, caminando el Señor con la santa cruz a cuestas, se encontró con su santísima Madre, triste y afligida.
¡Oh Señora, la más afligida de las mujeres!, por el cruel dolor que traspasó tu corazón mirando a Jesús, tu Hijo, afeado su rostro, denegrido su cuerpo y hecho oprobio de los hombres: te ruego, Madre afligida, que, pues fui la causa de tus dolores, los llore amargamente. Amén.

Quinta estación: Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la cruz
Contempla, alma, en esta quinta estación, cómo es el lugar donde alquilaron a Simón Cireneo para que ayudase a llevar la cruz a nuestro Redentor, no movidos de piedad, sino temiendo se les muriese en el camino por el peso grande de la cruz.
¡Oh amantísimo Jesús!, pues por mi amor llevaste la muy pesada cruz, y quisiste que en persona del Cireneo te ayudásemos a llevarla: te suplico, Señor, me abrace con la cruz de mi estado, para que, siguiendo tus pasos, consiga los gozos eternos. Amén.
Sexta estación: la Verónica enjuga el rostro de Jesús
Contempla, alma, en esta sexta estación, cómo es el lugar donde la mujer Verónica, viendo a Jesús tan fatigado, y su rostro oscurecido con el sudor, polvo, salivas y bofetadas que le dieron, se quitó un lienzo con que le limpió.
¡Oh hermosísimo Jesús!, que, siendo afeado tu rostro con las inmundas salivas, te limpió el sudor aquella piadosa mujer con las tocas de su cabeza, y quedó impreso en ellas: te suplico, Señor, que estampes en mi alma la imagen de tu santísimo rostro, y que la conserve siempre. Amén.

Séptima estación: Jesús cae por segunda vez
Contempla, alma, en esta séptima estación, cómo es el lugar de la puerta Judiciaria, en donde cayó el Señor segunda vez, por habérsele hecho en el hombro una llaga muy grande y mortal.
¡Oh suavísimo Jesús!, que por la fatiga de tu delicado cuerpo caíste segunda vez con la cruz: te suplico, Señor, me hagas conocer el inmenso peso que tienen mis pecados; dame tu gracia para que no me arrastren a la eterna pena. Amén.
Octava estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén
Contempla, alma, en esta octava estación, cómo es el lugar donde unas piadosas mujeres, viendo al Señor que llevaban a crucificar, lloraron amargamente de verle tan injuriado.
¡Oh Maestro soberano!, que, viendo a las piadosas mujeres que se dolían de tus trabajos, les enseñaste a que llorasen por sí y por sus culpas: concédeme, Señor mío, que con fervorosas lágrimas de contrición lave mis pecados, para que esté siempre en tu amistad y gracia. Amén.

Novena estación: Jesús cae por tercera vez
Contempla, alma, en esta novena estación, cómo es el lugar donde cayó el Señor tercera vez en tierra, hasta llegar con su santa boca en el suelo, y, queriéndose levantar, no pudo, antes volvió a caer de nuevo.
¡Oh benignísimo Jesús!, que sufriste atropellaran tu divina persona, con que te hicieron tercera vez dar en tierra con la cruz: suplícote, Señor mío, que sufra las desmesuras de mis enemigos, y que, teniendo paciencia en mis trabajos, te goce en los contentos eternos. Amén.
Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras
Contempla, alma, en esta décima estación, cómo es el lugar donde, habiendo llegado el Señor al monte Calvario, le desnudaron y le dieron a beber vino mezclado con hiel.
¡Oh pacientísimo Jesús!, pues sufriste quitasen tus vestiduras y que renovasen todas tus llagas, quedando desnudo delante de todos: te ruego, Señor, por estos dolores y por el que sentiste cuando te ofrecieron el vino mezclado con hiel, que no beba yo los deleites que, mezclados con hiel de mis culpas, me ofrece el mundo. Amén.
Undécima estación: Jesús es clavado en la cruz
Contempla, alma, en esta undécima estación, cómo es el lugar donde fue clavado el Señor en la cruz, y oyendo su santísima Madre el primer golpe del martillo, quedó como muerta del dolor, y le volvieron a poner la corona de espinas con gran crueldad y fiereza.
¡Oh clementísimo Jesús!, pues sufriste ser extendido en la cruz, y que clavasen tus pies y manos en ella: te ruego, Señor mío, que por tu inefable caridad no extienda yo mis pies y manos a maldad alguna, sino antes viva crucificado en tu santo servicio. Amén.
Duodécima estación: Jesús muere en la cruz
Contempla, alma, en esta duodécima estación, cómo es el lugar donde, ya crucificado el Señor, le dejaron caer de golpe en el agujero de una peña.
¡Oh divino Jesús!, que, crucificado entre dos ladrones, fuiste levantado a vista de todo el mundo y padeciste tormentos insufribles: ruégote, Señor mío, que sanes mi alma, y que solo a ti ame, a ti quiera y por ti muera. Amén.
Ante esta estación muchos se arrodillan en silencio un momento más largo. Para meditar las palabras que Jesús dijo en la cruz, vea las siete palabras.

Decimotercera estación: Jesús es bajado de la cruz
Contempla, alma, en esta decimotercera estación, cómo es el lugar donde José y Nicodemo bajaron el santo cuerpo de la cruz, y le pusieron en los brazos de la santísima Virgen.
¡Oh Madre de misericordia!, por aquellas penas que padeciste cuando pusieron a tu muy amado Hijo en tus brazos, y fue ungido por ti, te suplico me alcances un gran dolor de haberle ofendido, y compasión de tus muchas penas. Amén.
Decimocuarta estación: Jesús es puesto en el sepulcro
Contempla, alma, en esta última estación, cómo es el lugar donde la Virgen María, Señora nuestra, puso el cuerpo de su querido Hijo en el santo sepulcro.
¡Oh purísima Señora!, por la grande pena que padeciste cuando quitaron de tus brazos a tu soberano Hijo para ponerlo en el sepulcro, te suplico me alcances de su divina Majestad ablande mi duro corazón, y coloque en él un amor grande para amarle y servirle. Amén.

Al terminar, "para que alabemos y demos gracias al Señor que tanto quiso padecer por nosotros", el devocionario propone una letanía de alabanza. Quien dirige nombra cada dolor de la Pasión ("Por las agonías del huerto y prisión del Señor", "Por los azotes y dolores que sintió amarrado a la columna", "Por la corona de espinas que traspasó su santísima cabeza"...) y todos responden:
Bendito y alabado sea para siempre tan gran Señor.
Si la Pasión le lleva a pensar en María, termine con la Salve a la Virgen de los Dolores.
Cómo rezar el Vía Crucis
En la parroquia, el sacerdote o un guía recorre las estaciones acompañado de un monaguillo con la cruz procesional y dos ciriales, y el pueblo se vuelve hacia cada estación o camina por los pasillos. En cada una se anuncia la estación ("Primera estación: Jesús es condenado a muerte") y todos hacen la genuflexión al decir el versículo. Hoy la mayoría de los libritos lo dicen así: "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Que por tu santa cruz redimiste al mundo". En latín: Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi, quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum. Entre estación y estación muchas parroquias cantan una estrofa del Stabat Mater, el himno medieval de María al pie de la cruz, o el canto "Perdona a tu pueblo, Señor".
A solas, el Vía Crucis solo pide tiempo y un corazón dispuesto. Recorra las estaciones de una iglesia vacía o arrodíllese en casa ante un crucifijo con un librito. La Iglesia nunca ha impuesto un texto. El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia lo dice así: "Los textos para el Vía Crucis son innumerables", y prefiere aquellos "en los que resuenen, correctamente aplicadas, las palabras de la Biblia, y que estén escritos con un estilo digno y sencillo". Pide además un desarrollo en el que se alternen "palabra, silencio, canto, movimiento procesional y parada meditativa" (n. 135).


De dónde viene el Vía Crucis
Los peregrinos de Jerusalén
El primer Vía Crucis fue el verdadero. Los cristianos de Jerusalén honraron desde los primeros siglos los lugares de la Pasión de Cristo, y llegaban peregrinos de todas partes para recorrerlos. En 1342 se confió a los franciscanos la custodia de los Santos Lugares, y ellos guiaban a los peregrinos por el camino. El peregrino inglés William Wey, que fue a Jerusalén en 1458 y en 1462, es el primero que llama "estaciones" a esas paradas, según la Catholic Encyclopedia. Los primeros peregrinos recorrían el camino al revés, del Calvario a la casa de Pilato; a comienzos del siglo XVI ya se seguía el orden que guardamos hoy.


Córdoba y las primeras copias en Europa
Los peregrinos que volvían querían seguir rezando donde habían rezado. Uno de los primeros en llevar el camino de Jerusalén a Europa fue un español: el dominico Beato Álvaro de Córdoba (muerto hacia 1420). A su regreso de Tierra Santa construyó en su convento de Córdoba una serie de pequeñas capillas en las que se pintaron, una tras otra, las principales escenas de la Pasión. Hubo copias parecidas en Núremberg, Lovaina, Friburgo y Varallo en los siglos XV y XVI. El número de estaciones no estaba fijado: según el tiempo y el lugar se contaban doce, catorce, diecinueve, treinta y una o más.

Los papas y las catorce estaciones
Los papas extendieron la devoción a toda la Iglesia por pasos. Inocencio XI, en 1686, permitió a los franciscanos erigir estaciones en todas sus iglesias, para que las indulgencias concedidas a los peregrinos de Tierra Santa pudieran ganarse sin viajar. Inocencio XII lo confirmó en 1694 y Benedicto XIII lo extendió a todos los fieles en 1726. En 1731 Clemente XII permitió erigir estaciones en cualquier iglesia, siempre que lo hiciera un franciscano con el permiso del obispo, y fijó el número en catorce. En 1742 Benedicto XIV exhortó a todos los sacerdotes a enriquecer sus iglesias con el Vía Crucis.
San Leonardo de Porto Maurizio
Nadie lo difundió tanto como el predicador franciscano San Leonardo de Porto Maurizio (1676-1751). Además de las célebres estaciones del Coliseo de Roma, erigió otras 571 por toda Italia durante sus misiones. El Directorio sobre la piedad popular recuerda que el Vía Crucis, en su forma actual, "difundido sobre todo por San Leonardo de Porto Mauricio (+1751), ha sido aprobado por la Sede Apostólica, dotado de indulgencias y consta de catorce estaciones" (n. 132).

Otros textos: San Alfonso y el Vía Crucis bíblico
El texto más difundido del mundo es el de San Alfonso María de Ligorio, doctor de la Iglesia, escrito en italiano hacia 1761. Empieza con una oración a Jesús, que hizo este camino para morir por nosotros con un amor que no se puede decir, y repite al final de cada estación el mismo acto de amor y arrepentimiento: te amo más que a mí mismo, me arrepiento de haberte ofendido, no permitas que vuelva a separarme de ti. Las traducciones españolas que se usan hoy en las parroquias son modernas y tienen derechos de autor, así que aquí solo lo mencionamos; lo encontrará en casi cualquier librería católica.
Cinco de las estaciones tradicionales, las tres caídas, el encuentro con su Madre y el velo de la Verónica, vienen de la tradición y no de los Evangelios. El Viernes Santo de 1991, San Juan Pablo II rezó en el Coliseo un Vía Crucis en el que cada estación está tomada de la Escritura: empieza en Getsemaní y pasa por la traición de Judas, el Sanedrín, las negaciones de Pedro, el juicio de Pilato, la flagelación y la coronación de espinas, Jesús cargando la cruz, Simón de Cirene, las mujeres de Jerusalén, la crucifixión, la promesa del paraíso al buen ladrón, Jesús que entrega a su Madre y al discípulo amado el uno al otro, su muerte y la sepultura. El Directorio considera la forma tradicional de catorce estaciones "la forma típica" de este ejercicio, y las formas usadas públicamente por el Papa, "formas auténticas" del mismo (n. 134). Cada Viernes Santo por la noche, el Papa preside el Vía Crucis del Coliseo, donde San Leonardo levantó sus estaciones, con meditaciones escritas cada año por un autor distinto.
El Vía Crucis en España y América Latina
En el mundo hispano el Vía Crucis salió de las iglesias a las calles y a los cerros. Muchos pueblos tienen su "calvario", un cerro o un camino con catorce cruces que se sube rezando el Viernes Santo. En las ciudades, el Vía Crucis se reza en procesión por las calles del barrio, y en muchos lugares se representa en vivo, con vecinos que hacen de Jesús, de María, de los apóstoles y de los soldados.

El más conocido es el de Iztapalapa, en la Ciudad de México. Según el Instituto Nacional de Antropología e Historia, la tradición nació como cumplimiento de una promesa al Señor de la Cuevita, imagen venerada en ese lugar, después de que la población superara una epidemia de cólera en 1833; la representación formal empezó en 1843, inspirada en el teatro evangelizador de los tiempos virreinales, y se hace cada año con la participación de los ocho barrios originarios. El 10 de diciembre de 2025 la UNESCO la inscribió en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

La Iglesia ve con cariño estas representaciones y las llama "verdaderas representaciones sagradas", que "con razón se pueden considerar un ejercicio de piedad". Pero también pide que no se conviertan en "manifestaciones folclóricas, que atraen no tanto el espíritu religioso cuanto el interés de los turistas", que se explique la diferencia entre representar la Pasión y celebrarla en la liturgia, y rechaza expresamente "las prácticas penitenciales que consisten en hacerse crucificar con clavos" (Directorio, n. 144).
Cuándo rezar el Vía Crucis
Cualquier día es bueno, pero la costumbre de la Iglesia le da un lugar especial a los viernes de Cuaresma y al Viernes Santo. El Directorio lo llama "un ejercicio de piedad especialmente adecuado al tiempo de Cuaresma" (n. 133). Casi todas las parroquias lo rezan cada viernes por la tarde desde el Miércoles de Ceniza hasta la Semana Santa; vea nuestras páginas de Cuaresma 2027 y Semana Santa 2027.
El Viernes Santo, el Vía Crucis suele rezarse por la mañana o al mediodía. El Directorio recuerda que ningún ejercicio de piedad debe aparecer, "ni por la hora ni por el modo de convocatoria, como sucedáneo de las celebraciones litúrgicas del Viernes Santo" (n. 143): la celebración de la Pasión del Señor, por la tarde, va primero.
Las tres de la tarde de los viernes son también una hora muy propia. Santa Faustina escribió en su Diario que el Señor le sugirió, para la hora de la misericordia, hacer el Vía Crucis si sus obligaciones se lo permitían. Vea la coronilla de la Divina Misericordia.
La indulgencia del Vía Crucis
La Iglesia concede indulgencia plenaria a los fieles que hacen piadosamente el Vía Crucis. Según explica el padre Edward McNamara a partir del Enchiridion de las indulgencias, el ejercicio debe hacerse ante estaciones erigidas legítimamente, que exigen catorce cruces (las imágenes son costumbre, pero no obligatorias), con meditación de la Pasión y pasando de una estación a otra. Se piden las condiciones habituales: confesión sacramental, comunión eucarística, oración por las intenciones del Papa y desprendimiento de todo pecado. Los enfermos y quienes tienen otro impedimento legítimo pueden obtenerla dedicando un tiempo a la lectura piadosa y la meditación de la Pasión. La indulgencia se puede ofrecer por uno mismo o por las almas del purgatorio. Más en nuestra página sobre la indulgencia plenaria.
Los santos del Vía Crucis
Cada estación tiene sus personas. La Virgen de los Dolores encuentra a su Hijo en la cuarta estación y recibe su cuerpo en la decimotercera. Simón de Cirene carga la cruz en la quinta, y la Verónica enjuga el rostro del Señor en la sexta; la tradición dice que en su lienzo quedó impreso el santo rostro. José de Arimatea y Nicodemo ponen a Jesús en el sepulcro, mientras San Juan y Santa María Magdalena permanecen junto a la cruz. El Vía Crucis bíblico dedica una estación a San Dimas, el buen ladrón.
Los grandes promotores de la devoción fueron los hijos de San Francisco de Asís, sobre todo San Leonardo de Porto Maurizio, y San Alfonso María de Ligorio. Para meditar el papel de María en la Pasión, vea los misterios dolorosos del rosario.
Caminemos con él, estación por estación, y digamos con el pueblo fiel: Adorámoste, Cristo, y bendecímoste, que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Preguntas frecuentes
¿Cuáles son las 14 estaciones del Vía Crucis?
(1) Jesús es condenado a muerte; (2) Jesús carga con la cruz; (3) Jesús cae por primera vez; (4) Jesús encuentra a su Madre; (5) Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la cruz; (6) la Verónica enjuga el rostro de Jesús; (7) Jesús cae por segunda vez; (8) Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén; (9) Jesús cae por tercera vez; (10) Jesús es despojado de sus vestiduras; (11) Jesús es clavado en la cruz; (12) Jesús muere en la cruz; (13) Jesús es bajado de la cruz; (14) Jesús es puesto en el sepulcro.
¿Qué se dice en cada estación del Vía Crucis?
El que dirige anuncia la estación y dice: "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", y todos responden: "Que por tu santa cruz redimiste al mundo". Los devocionarios antiguos lo dicen así: "Adorámoste, Cristo, y bendecímoste". Luego se lee una breve meditación sobre la escena, se reza una oración y, por costumbre, un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria.
¿Cuánto dura el Vía Crucis?
En una parroquia, con cantos y silencios, entre media hora y cuarenta minutos. Rezado a solas con meditaciones breves, como el texto tradicional de esta página, unos quince o veinte minutos.
¿Se puede rezar el Vía Crucis en casa?
Sí. Se puede rezar con un librito, con estampas de cada estación o solo con un crucifijo, en casa, en la cama de un hospital o en cualquier lugar. La indulgencia plenaria del Vía Crucis pide estaciones erigidas legítimamente, pero los enfermos y quienes tienen un impedimento legítimo pueden obtenerla dedicando un rato a la lectura piadosa y la meditación de la Pasión.
¿Hay una estación número 15?
Las catorce estaciones tradicionales terminan en el sepulcro. El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (2001) pide que el Vía Crucis deje a los fieles en la esperanza de la Resurrección y permite concluirlo con su memoria, como el Vía Crucis de Jerusalén termina en la Anástasis, la basílica del Santo Sepulcro. Algunos libritos llaman a esa memoria la decimoquinta estación.
¿Quién escribió las oraciones del Vía Crucis?
Muchos autores. El Directorio sobre la piedad popular dice que los textos para el Vía Crucis "son innumerables". El más difundido en el mundo es el de San Alfonso María de Ligorio, del siglo XVIII. El texto de esta página es el que rezaban las parroquias de España y América Latina en los devocionarios del siglo XIX y comienzos del XX. La Iglesia no exige un texto único: lo esencial es meditar la Pasión pasando de una estación a otra.
¿Qué diferencia hay entre el Vía Crucis y la Vía Dolorosa?
La Vía Dolorosa es el recorrido por la Ciudad Vieja de Jerusalén que hacen los peregrinos en memoria de Jesús con la cruz a cuestas; los franciscanos guían una procesión por ella cada viernes. El Vía Crucis de nuestras iglesias es una copia de esa peregrinación, para que los fieles puedan hacerla en espíritu en cualquier parte del mundo.
Fuentes
- El alma con Dios: devocionario con la práctica para andar el Vía Crucis (Tournai: Sociedad de San Juan Evangelista, Desclée, Lefebvre y Cía., hacia 1902), pp. 299-321, Internet Archive. El texto tradicional del Vía Crucis reproducido en esta página (ortografía actualizada)
- Congregación para el Culto Divino, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (2001), nn. 131-135 y 142-144
- Herbert Thurston, "Way of the Cross", Catholic Encyclopedia (1912), en inglés
- "St. Leonard of Port Maurice", Catholic Encyclopedia (1910), en inglés
- Concilio Vaticano II, declaración Nostra aetate (1965), n. 4
- INAH, Boletín 663 (10 de diciembre de 2025): La representación de la Pasión de Cristo en Iztapalapa, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad
- P. Edward McNamara, Crosses on the 14 Stations (EWTN), en inglés. Las condiciones de la indulgencia según el Enchiridion indulgentiarum